Sobre la Recitación de Oraciones a la Virgen María en un Número Determinado
André Rivet: Catholicus Orthodoxus, vol. 1, trac. 2, q.57[1]
Doctor Jesuita:
¿Es lícito saludar a la Virgen María con un número determinado de oraciones?
Católico Papista:
El Ave María, con el que saludamos a la Virgen, se compone en parte de las palabras del ángel Gabriel, en parte de las de Santa Isabel y en parte de las añadidas por la Iglesia. Es santo imitar a los ángeles, seguir a los santos y obedecer a la Iglesia. En esta oración misma no hay nada que reprochar o criticar. Solo aquella frase, “ruega por nosotros, Virgen María”, resulta áspera a los oídos de los reformados, pero para toda la antigüedad fue dulce y suave como la miel. San Agustín dice en sus meditaciones: “Santa e inmaculada Virgen, Madre de Dios María, Madre de nuestro Señor Jesucristo, dígnate interceder ante Él por mí, de quien fuiste hecho su santo templo”. San Atanasio, en su De sancta Deipara, afirma: “María, Madre de Dios, es justamente saludada como señora del mundo, dueña del universo y reina de todos; por ello, la Iglesia la invoca y honra más que a todos los santos, llamándola comúnmente 'la santísima de los santos'”.
Algunos critican el uso de un número fijo de salutaciones, argumentando que no deberíamos invocar a Dios y a los santos un número determinado de veces. Sin embargo, el número no es supersticioso ni está prohibido por Dios. Su infinita bondad creó todas las cosas con medida, número y peso (Sab. 11, 21). Eliseo ordenó a Naamán lavarse siete veces en el Jordán (2 Reyes 5). David alababa a Dios siete veces al día (Sal 119, 164). Daniel oraba tres veces al día confesando sus pecados (Dan 6, 10). Esdras y el pueblo invocaban a Dios cuatro veces al día y noche (2 Esd 9, 3). Así se ve que en los números hay grandes misterios. El profeta Eliseo dijo al rey Joás: "Si hubieras golpeado la tierra cinco, seis o siete veces, habrías derrotado por completo a Asiria" (2 Reyes 13, 19).
Si al rezar el Rosario repetimos frecuentemente la salutación angélica, ¿acaso obramos mal? ¿Por qué nos reprocháis? Una buena obra, cuanto más se repite, mejor es. Dar limosna tres o cuatro veces es mejor que una sola. Al rogar repetidamente a la Virgen que interceda por nosotros ante su Hijo, honramos a la Madre y al Hijo. Cuando dirigimos nuestras oraciones a los santos, les pedimos que actúen como mensajeros y mediadores, ofreciéndolas a Dios —único fin de nuestra felicidad—, a quien todos miramos.
Católico Ortodoxo:
1. Si el Ave María se compone principalmente de las palabras del ángel y de Isabel, entonces ciertamente no puede considerarse propiamente una oración. Pues ni el Ángel ni Isabel, al pronunciar estas palabras, pretendieron adorarla o invocarla. Por tanto, si con esas mismas palabras la invocamos nosotros, de ningún modo los estamos imitando. Además, la afirmación de que “es santo imitar a los ángeles y seguir a los santos” no debe tomarse de manera universal. Es necesario considerar si tenemos la misma vocación y la misma circunstancia. Si se entendiera sin excepción, ¡los jesuitas tendrían también que orar [de la misma forma] a Abraham basándose en que los ángeles le anunciaron que su esposa daría a luz un hijo! Acercándonos más a las palabras del Ángel Gabriel al saludar a la Virgen: si seguimos esta lógica, cada día habría que dirigir a Gedeón la misma salutación y rogarle y rogarle insistentemente: “Jehová está contigo”, pues eso fue lo que el Ángel le dijo.
Los papistas imitan aquí al Ángel de manera absurda; de hecho, no pueden imitar ni al Ángel ni a Isabel. Para hacerlo, la Virgen tendría que estar presente ante ellos y ser vista, tal como estuvo presente para quienes la saludaron con esas palabras. Isabel no dirigió sus palabras a la Virgen cuando una estaba en Nazaret y la otra en las montañas de Judea, sino solo cuando se encontraron en el mismo lugar.
Fijémonos en lo ridículo que resulta imitar las palabras que en hebreo expresan “שָׁלוֹםלָךְ” (shalom lach) y en griego “χαῖρε” (chaire): “Ave” o “salve” (explica el jesuita Maldonatus[2]). El ángel manda a María “alegrarse”, regocijarse, no temer, estar de buen ánimo; eso es precisamente “shalom lach”: mostrar que el mensajero es amigo, no enemigo, que trae buena, no mala, noticia. Así hablan los hebreos al saludar, para disipar el temor de quien reciben, como se ve en Génesis 43:23, Jueces 6:23 y 13:20.
¿No resulta, pues, ridículo escuchar a un supersticioso, mientras recita su rosario, dirigir a la Santísima Virgen estas palabras: “Paz a ti, no temas, alégrate; traigo buena noticia: soy un ángel amigo, no enemigo”, etc.? Pues exactamente con esas palabras, según la propia interpretación de los jesuitas, la saludan.
2. En cuanto a la añadidura que dicen fue incorporada por la Iglesia [al Ave María], no la criticaríamos si la Santa Virgen estuviera hoy en la tierra, como antes con los Apóstoles. En aquel tiempo, podía decírsele: "Ruega por nosotros, Virgen María"; pero ahora es tan absurdo como decirle: "No temas, alégrate", pues ella no nos oye. Y quienes le atribuyen el poder de escuchar y responder todas las plegarias en todo lugar, le rinden el honor debido solo a Dios, tal como hacían los coliridianos, a quienes Epifanio incluyó en su catálogo de herejías por cometer actos mucho menos graves que los que hoy practican los papistas: ciertas mujeres tenían imágenes de la Virgen, ante las cuales ofrecían collyrides (tortas) y les rendían culto.
Para rebatir esta idolatría, Epifanio[3] advierte: «¿Acaso no es vano este afán por los ídolos y un esfuerzo diabólico? Bajo el pretexto de piedad, el Diablo siempre busca deificar ante los ojos humanos una naturaleza mortal, presentando imágenes de personas, creadas con artificio. Los muertos son objeto de culto, sus imágenes —que nunca vivieron— se introducen para ser veneradas, corrompiendo así la mente, que abandona al único Dios verdadero para caer en la absurda fornicación de múltiples cultos».
Ciertamente, el cuerpo de María fue santo y casto, pero no es Dios. Ella fue Virgen, una Virgen honrada, mas no nos fue dada para culto. Al contrario, ella misma rendía culto a Aquel que nació de su carne, pero que procedía de los cielos y del linaje del Padre. Por eso el Evangelio nos protege al recordar las palabras del Señor: «¿Qué tienes conmigo, mujer? Mi hora aún no ha llegado» (Juan 2:4). Al llamarla “mujer”, no la rebaja; anunciaba así que, por elevada que fuera su santidad, seguía siendo criatura, para que nadie, deslumbrados por su santidad, cayera en esta herejía y sus delirios.
Poco después, Epifanio añade: «¿Qué Escritura narra esto? ¿Qué profeta ordenó rendir culto a un hombre, y mucho menos a una mujer? María es un vaso excelente, pero sigue siendo mujer, sin cambio en su naturaleza. La Escritura ni siquiera permite rendir culto a los ángeles; ¿cuánto menos a una mujer nacida de Ana y Joaquín, concedida por oración y promesa, como cualquier otro ser humano? Ella nació como todos: de semilla humana y del vientre de una madre»[4].
Y concluye: «María sea honrada; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean adorados. Nadie debe rendir culto a María; no se diga “mujer” ni siquiera “hombre”. Este misterio pertenece solo a Dios. Ni los ángeles reciben tal gloria. Borren los engaños escritos en el corazón de los extraviados. Aparten de sus ojos la codicia por el leño [ídolo]. Aunque María es hermosa, santa y bendita, no ha de ser objeto de culto. María sea honrada; Dios sea adorado»[5].
3. Los adversarios creen que quedarían eximidos si dijeran que la adoran no como a Dios, sino con un culto inferior. Pero que nos digan lo mismo que dice Epifanio: “El cuerpo de María es santo, mas no es Dios” (Corpus Mariae sanctum est, non tamen Deus). En realidad, actúan como si quisieran contradecirlo directamente.
Mandad traer, decía el Papa León X[6], cuanto antes buenas maderas que puedan servir para esta obra; con el fin de que las obras ya iniciadas no se interrumpan, y así ni nosotros ni tampoco a la misma Diosa (Deam) parezcamos haber sido engañados con la donación de madera inservible. El arzobispo de Malinas y el de Cambrai, partidarios entusiastas del delirante Lipsio, aprueban también que [él] formule consagra sus votos a la Diosa de Halle[7] y los dirige a la virgen de Aspricolli: [Tú] sudas sangre, oh Diosa, ¡te invocaré!; de la cual presumen estas cosas sagradas: que esta será la que aplaste la cabeza de la serpiente malvada. ¡Tú lo has hecho, oh Diosa[8], y ellos te acompañan cantando:
Entonces a ti, oh Diosa,
te cante alabanzas todo sexo y erija altares.
Que nos digan: ¿acaso no convierten esas imágenes en objeto de adoración? ¿No les queman incienso? ¿Acaso no le consagran votos? ¿No ofrecen los religiosos, mediante ritos, no solo tortas, sino infinitos otros dones? Del mismo modo que Lipsio, mucho antes de estas palabras, le habría dedicado la toga de piel con la que podría protegerse del frío, diciendo: "Yo mismo, y todo cuanto de ingenio y estilo hay en mí, lo dedico y consagro de todo corazón… ya hace dos años."
¿Acaso ellos mismos no repiten lo que en otro tiempo los paganos dedicaban a cierto emperador? “César, tienes el imperio dividido con Júpiter”. ¿Acaso no se dice esto para atribuir a ambos igual poder? “Nos refugiamos primero (dice Gabriel [Biel]) en la Bienaventurada Virgen, Reina de los cielos, a quien el Rey de Reyes, el Padre celestial, dio la mitad de su reino. Esto fue significado en la Reina Ester, quien, habiéndose acercado para aplacar al rey Asuero, el Rey le dijo: ‘Aunque pidieras la mitad de mi reino, te será dada.’ Así el Padre celestial, teniendo la justicia y la misericordia como las partes más importantes de su reino, se reservó la justicia para sí y concedió la misericordia a la Virgen Madre”. Lo mismo se lee en el Marial de Bernardo de Bustis, Sermón 3 sobre la nominación, donde añade: “Y por eso, si alguien se siente agobiado por el tribunal de la justicia de Dios, puede acudir al tribunal de la misericordia de su Madre.”
Las mujeres idólatras [mencionadas por] Epifanio nunca imaginaron tales excesos. Pero a los jesuitas no les avergonzó dividir hace poco la salvación de los hombres y atribuir una parte a la leche de la madre y otra parte a la sangre del Hijo, y con estos dos mezclados entre sí, confeccionar cierto Antídoto, del cual alguien habla así en el Anfiteatro del error:
Puesto en medio, no sé hacia dónde volverme.
Dudo, meditando entre la leche y entre la sangre,
Entre las delicias del pecho y del costado.
Y digo (si acaso dirijo mis ojos hacia los pechos):
“¡Oh, Divina Madre, reclamo los gozos de tu seno!”
Pero digo (si luego dirijo mis ojos a las heridas):
“¡Oh, Jesús, prefiero los gozos de tu costado!”
Sé lo que haré: tomaré, si es lícito, los pechos con la [mano] derecha;
Con la izquierda tomaré las heridas, si se me permite.
Quiero mezclar la leche de la madre con la sangre del nacido
No puedo gozar de un antídoto más noble.
En todo este verso bastante extenso, este desgraciado loyolita se afana en que no se conceda nada a la sangre por encima de la leche, ni se atribuya al Hijo algo en lo que la madre no pueda igualársele.
¿Pero qué? ¿No dijeron ellos mismos:
“Oh feliz parturienta, que con tus lágrimas expías nuestros crímenes,
impones por derecho de madre órdenes al Redentor”
Y para que no digan que esto se ha omitido en algún Misal, añadiré lo que se encuentra en otro libro, en el himno que comienza:
“Alégrate, celestial Señora,
deseaste llamarte
sierva de Jesucristo.
Pero, como enseña la Ley divina,
eres su Señora.
Pues la ley manda y la razón exige
que la Madre esté por sobre el Hijo.
Por tanto, ruega humildemente
y manda con autoridad sublime,
para que nos lleve, al caer el día,
a los supremos reinos del mundo.”
“Todos los demás santos”, dice Bernardino en su sermón II sobre la coronación de María, “aunque sean excelsos y dignos, están sujetos a Dios y no lo preceden. Pero la Virgen bendita, aunque está sujeta a Dios como criatura, se la dice superior y prelada por encima de Él, en cuanto es su Madre.” Estos no aprendieron de San Agustín que Cristo no reconoce los lazos carnales (viscera humana) cuando va a realizar obras divinas.
Bajo el nombre de Anselmo (libro "De la excelencia de la Virgen", cap. 7), nos forjaron esta blasfemia: que Cristo, al subir al cielo, dejó a la santa Virgen en la tierra “tal vez”, dicen, “para que no se pusiera en duda en la corte celestial a quién saludar primero: si a ti, Señor, o a su Señora.” Pues, según ellos, no convenía que al encontrarse la corte se dividiese entre obedecerte a ti y obedecerle a ella, sobre todo cuando toda la corte es tuya y, por ti, igualmente suya. “Querías que la Virgen precediera, para prepararle un lugar de inmortalidad en tu reino y así, acompañado por toda tu corte, salir a su encuentro más festivamente y exaltarla más sublimemente, como correspondía a tu madre.”
Por eso, el Cardenal Pedro Damián, en su sermón sobre la Asunción de la Madre de Dios, sostiene que el séquito de la virgen en su asunción fue mucho más espléndido que el mismo séquito de Cristo en su ascensión. “Levanta”, dice, “los ojos a la asunción de la virgen y, sin menoscabo de la majestad del Hijo, encuentro que el recibimiento de la virgen fue con una pompa con mucho más digna. Pues solo los Ángeles pudieron salir al encuentro del Redentor; pero a la Madre, el Hijo mismo, saliéndole solemnemente al encuentro con toda la corte, tanto de Ángeles como de justos, y la llevó al bienaventurado recinto celestial.”
Dicen (Barradas, Armonía Evangélica, Tomo 1, lib. 6, cap. 13) que ella es el Arca trasladada a los cielos, sobre la cual la misericordia de Dios está colocada como un propiciatorio. Bernardino, en el sermón citado, le atribuye [a ella] que pudo hacer de Dios un hombre y crear al Creador, al infinito finito, etc., que con sus halagos obtuvo de Dios el descender del cielo a la tierra. Que ella es, por ley de sucesión, señora del mundo, porque, como Cristo al morir en la cruz no tenía a nadie en la tierra que le sucediera por derecho, su madre le sucedió según todas las leyes, y por esto adquirió el principado sobre todas las cosas. Y esta sucesión, además, no leemos en ninguna parte que haya sido revocada. Cristo nunca habló de la monarquía del universo, pues sin perjuicio de la Madre no se podía establecer; además sabía que la madre puede invalidar el testamento del hijo si le perjudica, incluso acusarlo de nulo. De donde concluye que ninguna gracia viene del cielo a la tierra, si no pasa por las manos de María.
¿Qué habrían dicho Epifanio y todos los antiguos con él, si hubieran visto el Salterio de la Virgen María, en el cual, habiendo quitado la palabra “Señor” (Domine) cada vez que se atribuye a Dios, la sustituyeron por “Señora” (Dominam), para no dejar nada a Dios que no le correspondiera también a la virgen?
4. De aquí surgieron los Rosarios, en los cuales se recitan tantas Ave María como salmos existen, de manera equitativa. Pues cada rosario consta de cincuenta y cinco cuentas, de las cuales cinco sirven para la oración dominica y cincuenta para las Ave Marías; de modo que, al contar tres rosarios, se alcanza un número de salutaciones a la Virgen igual al de los salmos.
Este método de oración dice Polidoro Virgilio, fue inventado originalmente por Pedro Eremita, ciudadano de Amiens, mediante cuentas, diría yo, de madera, que el pueblo llama a veces “precarias” y a veces “Padrenuestros”.
Estas cuentas, afirma, se cuentan en cincuenta y cinco y se distribuyen de tal manera que, tras cada diez, se coloca una más grande en el hilo (pues están perforadas), y según cuántas haya de estas, se repite el Padrenuestro; y según cuántas de aquellas, la salutación angélica. Al recitarlas tres veces, completan el número y añaden tres veces el Credo abreviado, denominando a esto el "Salterio de la Virgen Madre de Dios".
Hoy, dice, tan grande honor ha alcanzado este método mediante cuentas, que no solo se fabrican de madera aromática o coral, sino también de oro y plata, y sirven a las mujeres como adorno, y a los hipócritas como instrumentos de bondad fingida. De aquí recuerda el Mantuano los siguientes versos:
“Queje su susurro con sus cuentas
y con sus perlas cuente su murmullo.”
Estos instrumentos hipócritas, bajo grandes misterios numerológicos, nos los recomienda el jesuita, manipulando la Escritura con increíble destreza. Para no detenernos en cada una de sus absurdas citas, diremos dos cosas. Primero: aunque en ciertos números haya algo arcano, ello no proviene de los números en sí mismos, sino por institución divina, cosa que jamás podrán demostrarnos en los Rosarios o el Padrenuestro, inventados hace apenas tres o cuatro siglos y totalmente desconocidos por la antigua Iglesia. Segundo: en los números (como dice el jesuita Lorino) no deben sospecharse misterios indefinidos.
Responde Beda y el autor de la Glosa Ordinaria, quienes buscan misterios en que Eneas el paralítico haya estado ocho años postrado en su lecho. “Venero”, dice este jesuita, “como debo, a los santos Padres, pero nunca he aprobado esas fantasías numéricas (a decir verdad), pues comprendo que los mismos números pueden interpretarse, por idénticos autores, indistintamente para mal o para bien; y especialmente el número ocho, del cual Pedro Bongo no saca sino buen augurio, aunque otros autores, a quienes citamos, lo interpretan al contrario.” Aquí escribe Barengo sobre los misterios de los números, aportando muchas locuras.
5. Un solo pasaje citado por el jesuita basta para probar su vanidad. Eliseo ordenó a Joás golpear la tierra; este lo hizo con fuerza, sino solo tres veces, por lo que el profeta se indignó, indicando que sus enemigos serían golpeados débilmente, diciendo: “Debiste golpear cinco o seis veces (en el texto hebreo no está 'siete'), y así habrías derrotado a los sirios (no 'asirios', como escribe el jesuita) hasta su destrucción total.” Esto demuestra claramente que no hay ningún misterio oculto en los números: el cinco y el seis, según los aritmólogos, no significan lo mismo, ni en la antigüedad los pitagóricos les atribuían el mismo simbolismo Si estos hombres continúan así, terminarán introduciendo en la religión cristiana a la Diosa Numeria y, siguiendo el ejemplo de los paganos, consagrarán los números pares a los dioses infernales y los impares a los celestiales.
Además, tomaron del denario—que los admiradores de los números atribuyeron a la Virgen—la costumbre de rezar en cada cuenta un Padrenuestro como si fueran diez Avemarías. La cábala judía rebosa de conjeturas vanas de este tipo. Mas, como muy bien anotó Peucero, la virtud que se atribuye a los números o es innata o proviene de una institución externa; no es innata, pues los números son o bien cantidades formadas por el entendimiento al ordenar los objetos sensibles, o bien caracteres pintados u otros signos que los representan. Estos últimos expresan la multitud de individuos observados por nosotros; los primeros, sólo la colección de unidades sin más significado.
Y si este misterio inventado parte de una institución, debe ser divina; de lo contrario, no existe ningún misterio. Que nos prueben, pues, la institución divina del número 55 para recitar cincuenta Avemarías con cinco Padrenuestros intercalados: no es otra cosa que pura batología, prohibida por nuestro Señor Jesucristo: “Orando, no repitan una y otra vez las mismas palabras sin sentido”, dice, “como hacían los paganos para hacerse oír por su abundancia de palabras”. No reprobamos repetir a menudo las oraciones al único y verdadero Dios, de día y de noche; pero atribuir eficacia a un número fijo es claramente magia (pues Dios nunca instituyó tal cosa), o al menos es superstición, según el juicio del Concilio de Trento, que ordenó a los obispos eliminar de la Iglesia todo uso de números determinados en misas y en la bendición de cirios inventado más por un culto supersticioso que por la verdadera religión.
Una obra buena repetida muchas veces no se vuelve mala; pero si se hace con superstición, deja de ser buena. Quien da limosna por vanagloria o para ser visto por los hombres, pierde su gracia. Añadir un número específico a las oraciones es fastuosidad farisaica.
6. Además, quisiera saber por qué se recitan más oraciones a la Virgen María que a Dios. ¿Acaso es porque el Ave María es más excelente que el Padrenuestro? ¿O tal vez porque estamos más obligados con la santa Virgen que con Dios? ¿Por qué se la invoca diez veces cuando a Dios solo una? “Honramos” dirán “a la madre y al Hijo cuando le pedimos que interceda por nosotros ante su Hijo.” Pero más bien se deshonra al Hijo cuando se busca un intercesor en ella, pudiendo dirigirse directamente a Él. Pues dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”, no: “Id a mi madre y a los santos.” Y nos prometió que “todo lo que pidáis en mi nombre, os lo concederé”, no lo que se pida en nombre de su madre, la misma que en Caná de Galilea dijo: “Haced lo que Él os diga.” A Él obedeceremos, y todo lo que nos mande, lo haremos —no lo que nos quieran sugerir los idólatras.
Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido probado en todo como nosotros, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, μετὰ παρρησίας, con confianza, al trono de la gracia.
Aquí cabe recordar lo que dice san Ambrosio (o quien haya sido el autor del comentario atribuido a él sobre las epístolas): “Suelen los imprudentes excusarse miserablemente diciendo que, a través de estos [santos], pueden llegar a Dios, como se llega al rey mediante sus cortesanos. Pero ¿acaso hay alguien tan insensato o tan ajeno a su salvación que otorgue al cortesano el honor debido al rey? Quienes así actúan son condenados por crimen de lesa majestad. ¿Y estos no se consideran culpables, cuando trasfieren el honor de Dios a la criatura y, rechazando al Señor, adoran a sus siervos como si hubiera algo más que reservar a Dios?” Y añade: “Se acude al rey mediante ministros porque es solo un hombre y no sabe a quién confiar el reino. Pero para con Dios, que todo lo sabe (pues conoce los méritos de todos), no se necesita intermediario, sino un corazón devoto”.
“Se trata de Dios” —decía Tertuliano, hablando de otro asunto— “para quien esto es propio por excelencia: no admitir comparación alguna con ningún ejemplo.” Él hablaba de los reyes. Y, sin embargo, los jesuitas no se contentan con invocar solo a la Virgen como mediadora, sino que van mucho más allá, pidiéndole gracia y gloria abiertamente. No pueden negarlo, ya que Costero, uno de los principales de la Compañía, al comentar el himno Ave Maris Stella, no dudó en dirigirse así a la Virgen:
“¡Libéranos, Señora!, salva a quienes te suplican: libera con tus méritos, libera con tu autoridad, libera con tu mandato. Con solo un gesto y voluntad, puedes mover todas las cadenas externas. Las penas que nos quedan por nuestros pecados, tú las reduces con tus méritos; y por tus ruegos y méritos, obtienes que nos sean perdonados los pecados mismos.”
Y más adelante dice: “Todo lo puedes en el cielo y en la tierra.” Y también: “¿Qué es ser Madre de Dios? La Madre es causa del Hijo, la Madre es superior al Hijo, el Hijo debe honor a la Madre, el Hijo debe reverencia a la Madre.” ¡Como si en el gran misterio de la encarnación no hubiera nada que trascienda las leyes de la naturaleza! ¡Esta es, sin duda, la teología de los hijos de Loyola! ¿Acaso esto es mirar a Dios como único fin? Quienes apuntan tan mal al blanco, nunca lo alcanzarán. ¿Alguna vez los antiguos apuntaron así? ¡Qué distancia entre esta teología y la de Epifanio!
San Agustín es citado como si pidiera intercesión a la Virgen, pero ¿quién ignora que esas meditaciones, de donde se extrae la invocación, no son obra auténtica de Agustín, sino invención de monjes que usurpan el nombre de los Padres para legitimar sus fábulas? El verdadero Agustín nos enseñó antes que Jesús Cristo es nuestro único Abogado e Intercesor. De la Virgen dijo: «Más dichosa es María por creer en Cristo que por concebir su carne» Finalmente, ¿de qué le sirvió a sus hermanos, es decir, a sus parientes según la carne, que no creyeron en Él, aquella cercanía? Así, la maternidad de María no le habría servido de nada si no hubiese llevado a Cristo en su corazón más felizmente que en su carne. Por ambas razones es beatísima.
Sea honrada, pues, pero que solo Jesucristo sea tenido como Mediador. Que solo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean invocados con culto religioso, como nuestro Creador, Redentor y Santificador, bendito por los siglos.
Amén.
[1] https://books.google.com.pe/books id=wDZpAAAAcAAJ&hl=es&pg=PA712#v=onepage&q&f=false
[2] Ref. en el original: In cap. V Evangelii Lucae, v. 29
[3] Panarion, c. 79, 4.3. https://archive.org/details/panarionofepipha0000epip/page/624/
[4] Panarion, c. 79, 5.1. https://archive.org/details/panarionofepipha0000epip/page/625/
[5] Panarion, c. 79, 7.5. https://archive.org/details/panarionofepipha0000epip/page/625/
[6] Epistolarum Leonis Decimi Pontificis Max, lib. 8. https://archive.org/details/bubgbnt17gBFSCjoC/page/n203/mode/2up
[7] Ref. en el original: In Virg. Hallensii.
[8] Ref. en el original: Virginis Africollis, cap. I.